Miedo a volar

Isabel Larraburu, Psicólogo/Centro Médico Teknon/Barcelona 

Un diez por ciento de la población general sufre un temor intenso que le provoca trastornos físicos y psicológicos.

Pocas personas se han librado de sentir cierto recelo ante la inminencia de un viaje en avión. Pero hay casos en que una leve preocupación se convierte en una fobia que causa trastornos físicos y psicológicos.

Las personas con aerofobia evitan en lo posible subir a un avión, y , en casos ineludibles, recurren a fármacos o alcohol para superar un miedo al que no son capaces de enfrentarse. Sin embargo, afrontar ese temor es la mejor fórmula para conseguir deshacerse de él.

El miedo a volar es una emoción que se experimenta cuando se utiliza el avión como medio de transporte. Esta emoción se convierte en patológica cuando produce reacciones físicas y psicológicas de tal intensidad que inducen a ciertas personas a eludir sistemáticamente los viajes en avión. Esto, a su vez, llega a interferir gravemente en la vida profesional, afectando negativamente las oportunidades laborales, así como el funcionamiento familiar y social.

Se estima que este tipo de aprensión afecta a un 10% de la población con intensidad severa y a un 20% de un modo más moderado.

Diego, de 35 años que es director comercial de una empresa multinacional, describía en la consulta su experiencia: “Una calurosa tarde de verano fui víctima de un fenómeno que jamás había sufrido. Cuando estaba esperando en la fila de viajeros para subir a la escalerilla hacia la cabina del avión, al mirar hacia arriba sentí una fuerte sensación de ahogo, como un ataque de claustrofobia. Me imaginé metido en mi asiento, asido por el cinturón y que me faltaba el aire. Cuando ya estaba en el pasillo me di media vuelta y a empujones, con malos modos, descendí la escalera y huí a pie por la pista hacia la terminal del aeropuerto. Perder la posibilidad de un negocio interesante era en aquel momento lo último que pensé. Fue una huida irracional hacia el aire libre. “

Tal como se describe en el caso anterior, la percepción de un evento temido evoca una cadena de consecuencias tanto de tipo fisiológico ( ahogo) como también cognitivo ( el pensamiento) y conductual ( la huida). Nuestro organismo está perfectamente preparado para sobrevivir y defenderse. Para lograrlo, durante siglos nuestro cuerpo ha ido conformando y perfeccionando todos sus mecanismos de protección.

Amenaza

La respuesta instantánea a la más mínima amenaza nos ha preservado como especie a lo largo de los tiempos. Aunque las amenazas actuales no están tan predominantemente relacionadas con la supervivencia física, nuestros cuerpos aún despliegan las mismas reacciones automáticas. El tiempo que media entre la percepción del peligro y la acción es una fracción de segundo y, sin embargo, el mensaje o información ya se ha trasladado mediante impulsos nerviosos desde nuestros sentidos hasta el sistema nervioso central para activar, con gran eficacia, toda una serie de respuestas musculares y glandulares que aceleran la frecuencia cardíaca, transportan la sangre a los músculos, tensándolos para la acción y aportándoles oxígeno mediante la intensificación de la respiración.

Este conjunto de reacciones conforma el sistema lucha/huida, que es vital para nuestra supervivencia en caso de peligro. De este modo, ante una situación de alarma o de falsa alarma, reaccionamos mediante tres canales de respuesta:

  1. Psicofisiológico ( reacciones corporales o somáticas).
  2. Verbal/cognitivo (detección, estimación e interpretación del peligro).
  3. Motor/conductual (acción dirigida a la reducción de la amenaza ).

La línea que divide el miedo común de la fobia está situada de un modo más o menos arbitrario y la distinción radica en el grado de incapacitación que conlleva. El miedo común puede ser afrontado, aunque con una cierta dificultad, y no interfiere la vida normal, mientras que la fobia conduce a esquivar el objeto o situación. Un estudio realizado sobre miedos comunes reveló que existía una media de siete temores por persona, de los cuales el miedo a volar estaría en cuarto lugar. El hecho de que el miedo sea una emoción tan extendida, hace sospechar que debe de haber alguna función adaptativa, es decir que puede cumplir un cometido.

Al hacer un análisis de los elementos que subyacen a todos los miedos, los investigadores sugieren que emergen tres patrones específicos:

  1. Miedos relacionados con animales.
  2. Miedos relacionados con sufrir daño físico.
  3. Miedos relacionados con la separación o aislamiento.

El miedo a volar formaría parte del espectro del miedo a sufrir daño físico, caer, sentirse atrapado, a no poder respirar. Seguramente este tipo de temor presenta elementos de la acrofobia ( alturas) y de la claustrofobia, y su clasificación clínica correspondería a lo que se denomina fobia simple.

Estudios controlados

Un estudio elaborado en la localidad de Nottingham, Gran Bretaña, sobre la fobia a volar, señaló que el 37 % de las personas interrogadas estaba preocupado por la idea de estar encerrado, el 34% se inquietaba por la posibilidad de un accidente y el 13 % tenía aprensión por las alturas. El resto tenía más miedo a la posibilidad de perder el control o marearse.

Otra investigación presenta datos demográficos de 158 personas que siguieron sus trece cursos en la Fear of Flying Clinic ( Clínica para el miedo a volar). Informan que el mayor grado de miedo o intranquilidad se manifiesta durante el despegue del avión, mientras que el aterrizaje, entrar en la cabina o deambular durante el vuelo eran puntuados más abajo en la escala de miedo.

Otras fobias

En cuanto a otros miedos asociados a la fobia a volar, prevalecían las alturas y los ascensores, mientras que el 18% mostraba exclusivamente el temor a los aviones. El porcentaje de mujeres era del 63%, y el de hombres alcanzaba el 37 %. El segmento de edad más afectado era el que se encontraba entre los 35 y los 44 años.

Es ya sabido por todos que los aviones ofrecen más seguridad que los automóviles desde una perspectiva estadística. Sin embargo, el aerofóbico posee creencias contradictorias a la hora de calibrar el peligro. Se ha observado que la persona fóbica va modificando su cálculo de probabilidades de peligro a medida que se acerca al objeto que teme. El fóbico a los aviones, por ejemplo, cuando no está planeando un viaje, estima la probabilidad de un accidente como en uno por cada cien mil o bien en un por cada millón. Pero tan pronto como empieza a concebir al idea de un viaje, su cálculo de probabilidad se incrementa drásticamente y va modificándose de forma progresiva hasta el momento del despegue, llegando a un cincuenta por ciento, pero si el viaje es accidentado… su probabilidad puede llegar al ciento por uno a favor de un desastre. Además los fóbicos no solo magnifican el peligro, sino que empiezan a fantasear sobre sus catastróficas consecuencias anticipadamente mediante imágenes de sí mismo padeciendo. El grado de movilización y de ansiedad subjetiva es proporcional a nuestra propia estimación de la severidad del daño potencial y a la probabilidad de que ocurra.

Es ilustrativo, a este respecto, el comentario en la consulta de una profesora de instituto de treinta años. Se inscribió en un curso para vencer el miedo a volar que organizan algunas compañías aéreas : “Meses antes de tomar el avión me imaginaba, como en las películas de miedo, toda clase de contratiempos que podían suceder en un viaje cualquiera. Sentía aquella emoción en el estómago mezclada con ganas de probarme y miedo a la vez. Antes de despegar ya me impacienté porque el avión estaba esperando la autorización de la torre de control. Las manos me transpiraban, quería cerrar los ojos y relajarme, pero toda yo estaba sofocada. Cuando empezó a correr por la pista y a tomar velocidad, pensé que ya no podía escapar. Tomé un diario para intentar distraerme y al cabo de algunos minutos la transpiración de mis manos mojó el diario y este empezó a resbalar. Después de la transpiración llegó el frío. Cuando me recuperé de esta sensación siguió el dolor de estómago y la debilidad en las piernas. Al cabo de un tiempo nos invitaron a visitar la cabina de mandos; casi cincuenta pasajeros se levantaron de golpe y en mi imaginación el avión se volcaba hacia delante a causa del peso de las personas en la parte delantera y nos caíamos en picado. Mi mente racional me decía que era absurdo, pero mi cuerpo reaccionó instantáneamente a esa imagen escalofriante.”

La creencia de que el avión se puede desestabilizar fácilmente forma parte del patrón cognitivo de sobreestimación del peligro y evaluación errónea en forma de pensamientos automáticos que desencadenan una reacción de defensa o de “falsa alarma”. El cuerpo se asusta de los propios pensamientos.

Algunos investigadores están estudiando los errores en el procesamiento de la información en personas ansiosas. Observaron que existe una atención preferente o selectiva y hacia la información relevante para el peligro, y una desestimación sistemática de los datos de contenido neutro , no amenazador. Por esta razón, es de entender que las personas ansiosas se encuentran constantemente en estado de “falsa alarma”, al enfocar continuamente su percepción hacia el peligro.

Los que sufren de fobia a volar procesan selectivamente la información tanto antes como durante el vuelo, destacando aquellos datos que resultan especialmente alarmantes en relación al riesgo, accidentes de aviación y cualquier peligro en relación a las alturas. Y en el mismo vuelo, la persona fóbica escruta continuamente aquél mínimo ruido que podría indicar algún mal funcionamiento del aparato.

Afrontar el temor, la mejor táctica para eliminarlo.

Cualquier tipo de tratamiento puede ser beneficioso mientras incluya cierto grado de afrontamiento al problema. Si bien ciertas personas se automedican con alcohol y tranquilizantes menores, es de esperar que estas sustancias tengan un efecto paliativo y temporal y que no influyan en la reducción de la fobia en sí misma, ya que no modifica el aprendizaje.

Los tratamiento psicológicos de enfoque analítico o freudiano no parecen obtener resultados.

Básicamente, se utilizan técnicas de modificación de conducta, relajación y reestructuración cognitiva ( cambio de los pensamientos) que incluye información sobre el funcionamiento de los aviones, desensibilización sistemática virtual e “ in vivo” , con altos índices de eficacia.

La relajación muscular progresiva se instruye en las sesiones junto a un entrenamiento en control respiratorio. La persona asocia fantasías sobre un “lugar seguro” al estado de relajación. La desensibilización sistemática virtual consiste en la recreación de un vuelo mediante técnicas de realidad virtual o simplemente imaginadas con situaciones generadoras de miedo hasta el punto en que la ansiedad se interrumpe y se alterna con una fase de relajación. Se repiten esas secuencias hasta que el temor se debilita y se extingue. Esta técnica se utiliza como preparación para el afrontamiento a la situación real y produce una habituación neurofisiológica. La exposición “ in vivo” se presenta de forma gradual y progresiva en diversas fases del viaje, por ejemplo, tomar un taxi, llegar a la terminal, facturar maletas… hasta alcanzar el punto máximo que es el vuelo en sí mismo.

Facilitar información sobre los aviones y la forma como vuelan es parte del paquete terapéutico ofrecido en las clínicas donde se trata el miedo a volar. El contenido de estas enseñanzas incluye procedimientos de emergencia, meteorología, control de tráfico aéreo, principios físicos del vuelo y demás. Todos los trabajos que recogen el análisis de los resultados de los tratamientos para la aerofobia concuerdan en que ni la información ni las técnicas terapéuticas generales parecen ser cruciales para superar el miedo. La conclusión es que el factor básico es el afrontamiento al temor, la exposición “in vivo”.

Siempre es conveniente recordar los consejos de Isaac Marks, psiquiatra británico que escribió el clásico libro “ Living with fear” para exponerse al miedo:

  1. La ansiedad es desagradable, pero no hace daño.
  2. Repita varias veces su encuentro con el miedo.
  3. Si no puede hacerlo en la realidad, afróntelo en la fantasía.
  4. Los altibajos son frecuentes.
  5. Cuando sienta miedo, aplique sus tácticas, pero no huya.
  6. Aprenda a vivir con el miedo y éste desaparecerá.

Si una vez sentado en el avión la ansiedad aflora, la recomendación es:

  1. Quédese sentado sin moverse.
  2. Respire más lentamente, no se acelere gesticulando excesivamente.
  3. Piense: “Esto es solamente mi sistema de alarma ; pasará en algunos minutos; lo he pasado mal otras veces y no me hizo daño entonces y tampoco me hará ahora.”
     

Fecha de modificación: domingo, 25 de julio del 2010

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